Las navidades en Valdepeñas hace cien años

Valdepeñas celebraba a principios del siglo XX las fiestas de Navidad con gran regocijo popular. Desde las primeras horas de la tarde del día de Nochebuena la muchachada, pertrechada de zambombas, almireces, panderetas, guitarras y cualquier otro instrumento, recorría las calles más céntricas del pueblo entonando alegres canticos navideños y haciendo de las suyas. Al anochecer se abrían los templos y poco a poco se iban ocupando de curiosos y fieles que acudían a ver las imágenes que componían el popular “nacimiento”. A las 12, la tradicional misa del Gallo en las iglesias de la Asunción, Santo Cristo, capilla del hospital, asilo de ancianos y en el oratorio del colegio de los Maristas en la calle Castellanos, vinculado a la familia Vasco y Santamaría.

Sin embargo, no todos acudían a ver “el nacimiento” antes de la misa del Gallo. Para quebradero de cabeza de las autoridades algunos preferían celebrarlo en las tabernas de la plaza, lo que obligaba a la municipalidad a tomar disposiciones especiales para prevenir posibles desórdenes durante los oficios de Navidad y la Nochebuena. Por ejemplo en las navidades de 1919 se distribuyeron agentes de la policía municipal y de la guardia civil en las entradas de las iglesias para impedir la entrada de vecinos embriagados a la ceremonia. No debió ser suficiente esta medida porque al año siguiente, el alcalde ordenó cerrar todas las tabernas además de las buñolerías a partir de las 9 de la noche.  Junto a estas disposiciones, tampoco faltaron los cacheos  de la guardia civil a pie de calle para requisar armas blancas o de fuego. Ya lo decía el cantar:

Valdepeñas, ciudad bravía,

cien tabernas y una sola librería

La elite local aprovechaba las fiestas navideñas para ejercer todo tipo de actos benéficos con los más necesitados. Destacaban las comidas populares con las que obsequiaban a los niños de determinadas escuelas. Especialmente numerosas eran las que se celebraban en el colegio Molino de Vivar en la calle Real. A diario, el Ayuntamiento les obsequiaba con el desayuno, pero en el día de Nochebuena de 1919 el industrial Agustín Mora  ofreció de menú una paella para 160 escolares pobres.  De postre, un plato de soletillas con leche caliente para cada párvulo. En aquellos actos se prodigaban también los concejales y alcalde en una clara actitud paternalista, los maestros supervisaban que todo estuviera a punto y que los niños necesitados fueran ordenados ante las autoridades y su benefactor. El acto, para finalizar, quedaba plasmado para la perpetuidad en alguna instantánea de grupo como la que realizó para ese año el famoso fotógrafo Román Prieto, alias Mondoyo.

Calle Ancha

Calle Ancha de Valdepeñas en una postal del fotógrafo Román Prieto de los años diez del siglo XX. A la izquierda la casa de los López-Tello y la derecha la casa de los Cruz

Desde las instituciones, igualmente, se potenciaban este tipo de actuaciones, consideradas muy positivas por sus fines sociales, pero también por el claro control social que sobre las clases populares se ejercía a través de ellos. En el día de Nochebuena era tradicional que el alcalde repartiera algún socorro alimenticio para las familias más necesitadas. Un par de conejos y perdices era lo más común, sin embargo en algunas ocasiones la autoridad distribuyó dinero en metálico.Por lo que respecta a los pobres asistidos, es decir, aquellos que se encontraban internos en alguna institución como el hospital municipal o el asilo de ancianos, también eran objeto de atenciones especiales con motivo de las fiestas navideñas. Normalmente consistía en un donativo pecuniario que sus encargados administraban después entre los internos. A los reclusos pobres de la cárcel del partido el Ayuntamiento les obsequiaba con bonos de alimentos para cenar la noche del 24 de diciembre. Generalmente, como al resto de pobres, la limosna consistía en dos piezas de caza.

También los pudientes se prodigaban en detalles caritativos con los pobres. Por ejemplo en el año 1919 el coronel retirado José Aguilera Merlo, esposo de Marta Vasco Molina, obsequió a los presos pobres con una comida extraordinaria. Igualmente el comercio de la población contribuyó con el reparto de ropas a los niños huérfanos o abandonados en el arroyo de la Veguilla.

Pero sin lugar a dudas la fiesta más popular con la que se cerraba las fiestas navideñas y se inauguraba las celebraciones de los santos viejos era la de san Antón.  Aunque en la actualidad la fiesta está muy reducida, a principios del siglo XX fue uno de los cultos más difundidos en la población y uno de los que más ricas y pintorescas manifestaciones de cultura popular.

En una sociedad agropecuaria como la nuestra, a San Antón se le atribuía protección sobre los animales domésticos,  de ahí que el día de la fiesta, se celebraba con una importante presencia animal. Los mozos del pueblo que trabajaban como gañanes en algunas de las grandes casas de labor de población o sus propios dueños enjaezaban vistosamente  las mulas, caballos y asnos, en señal de ofrecimiento al santo, para que pasearan galantemente delante de la ermita de San Marcos dando las tradicionales “vueltas” a la ermita o compitiendo en las populares carreras en las eras cercanas hacia la carretera de Manzanares. La concurrencia de ganados en la calle Ancha derivaba en un vistoso desfile que los propietarios de animales  y empleados de las casas grandes utilizaban para su exhibición y lucimiento. Ya lo decía otro cantar popular:

Las mulas de Valdepeñas

tienen mucha vanidad,

porque no quieren la paja

y se comen la “cebá”.

Los balcones de las casas importantes de la calle Ancha se convertían en tribunas ocupadas por las jóvenes casaderas de la población que invitadas tenían la oportunidad de lucirse y a la vez admirar a los mozos durante las carreras. Concurridos y engalanados se veían los balcones de las casas señoriales de este tramo de calle denominado en aquellos años Ancha Alta. Destacaban por su imponencia las casas de los Izarra, de Vacas, de los  Fraile de Tejada (Agustinos), la de María Yáñez Rojo, la de los Molina y Nocedal, entre otras; pero sobre todo destacaban los balcones de las casas de los señores de Cejudo y de la viuda de Laguna por sus colgaduras y adornos además de por la presencia de las jóvenes más distinguidas de la población.

La concurrencia de personas en las eras y calle Ancha era aprovechada por numerosos vendedores que diseminaban por sus alrededores puestos de dulces y frutos secos. Junto a la exhibición de caballerías también se encendían las tradicionales “lumbres de san Antón” y se distribuían las caridades de pan después de la misa y bendición de animales.

Con el tiempo, ya en los años cincuenta del siglo XX,  las “vueltas”  a la ermita se celebraban en la mañana del día de la fiesta y por la tarde la procesión con la imagen del santo por las calles Ancha, San José, Unión y San Marcos. Una vez finalizada,  como antaño, la  bendición de animales y el reparto de pan o caridades.

Carlos Chaparro Contreras