CUANDO LA FERIA DE AGOSTO SE CELEBRABA EN LA PLAZA, 1816-1912

La plaza de España de Valdepeñas, denominada en sus orígenes plaza Pública, sirvió de escenario de la feria de agosto desde 1816 hasta el año 1912, año que se trasladó al paseo de la Estación.

La feria fue concedida por el rey Fernando VII en 1816 en consideración a los servicios que la población había prestado en la Guerra de la Independencia el 6 de junio de 1808. Con tal decisión se cumplían las demandas que  el Ayuntamiento, desde 1813, solicitaba al Jefe Político de la Provincia en compensación por las negativas consecuencias económicas  de los sucesos del 6 de junio de 1808. Concesión de una feria anual de mercado en el mes de agosto y la ampliación de su término municipal en dos leguas a costa de los términos de Alhambra y Torre de Juan Abab.

La concesión de una feria de mercado anual suponía, en gran medida, la continuación con la tradición comercial de la villa desde finales de la Edad Media en el contexto comarcal. La feria de 1816 sería una sucedánea de aquella otra, desaparecida en siglos posteriores,  que otorgó el rey Enrique II en 1374 a Valdepeñas.

Hasta bien entrado el siglo XIX la nueva feria no debió ser importante en la provincia. Los grandes mercados anuales se celebraban en Almodóvar del Campo, Almagro y Ciudad Real.

Las primeras noticias de su celebración datan de 1843. En la Estadística Histórica del doctor Ambroz se afirma que comenzaba el día 7 de agosto, y continuaba durante los ocho días siguientes, si bien “no concurren más que cuatro puerilidades con lo cual y alguna que otra tienda podría su renta calcularse en 2.280 reales de vellón”. En esta misma tónica se expresa Pascual Madoz cuando reconocía en 1845 que “ se celebra una feria el día 7 de agosto, de poca concurrencia, en la que se presentan tiendas, juguetes y caballerías”. De esta misma fecha data la  primera referencia que se conserva en la Archivo Histórico Municipal. El 3 de agosto de 1845 el Ayuntamiento pleno acordó que el pregonero público anunciara el arriendo de los derechos alcabalatorios de los tres días de la próxima feria, y que se instruyera el oportuno expediente.

No poseemos más noticias hasta finales del siglo XIX. Todo parece indicar que la feria de agosto sufrió un auge espectacular, paralelo al seguido por la población con la llegada del ferrocarril y el incremento de la producción de vino, que nada hacía recordar al escasa relevancia anterior. Así en 1889 la prensa local invitaba a cambiar las fechas de celebración para aumentar su importancia comercial y lúdica. Incluso se llegaría a rivalizar con la feria de Almagro, según el cronista, “decadente y acaso próxima a desparecer”. Al año siguiente la feria se celebró del 29 al 31 de agosto, lo que la hacía coincidir en parte con la de san Bartolomé de Almagro. Un año más tarde se aumentaron los días de mercado hasta el 4 de septiembre. Y en 1892 se cambia nuevamente el calendario festivo del 23 al 25 de agosto. Así permanecerá establecida hasta 1910, después de que  la prensa local denunciara que era un error mantener la feria a finales de agosto  porque coincida, no ya con la de Almagro, sino con la de Linares. Ese año la feria quedó establecida en el calendario para los primeros días del mes de agosto como en su orígenes y en la actualidad.

PLAZA DE ESPAÑA CON MERCADILLO

La plaza Mayor de Valdepeñas con mercado, ca. 1915.

Desde 1816 hasta 1812 la feria se instaló en la plaza Pública y calles aledañas. Un espacio muy reducido, que año tras año, presentaba grandes inconvenientes a feriantes y consumidores. En repetidas ocasiones la prensa local mostró su disconformidad por la ubicación de la feria: “…porque no se daría el caso tan frecuente de tener que estar hacinados como los cerdos, de molestar a las señoras con abusos intolerables…” recogía en Heraldo de Valdepeñas en 1909. Y no era para menos. La abundancia de casetas, puestos, carros y tenderetes obligaba a diseminar el real de la feria por las calles adyacentes a la plaza. En la plazoleta de Balbuena se instalaban los panaderos, confiteros y carniceros. En la calle Juan Alcaide (entonces de la Cárcel) se ubicaban los puestos de loza y telas. Otros productos propios de mercado se extendían por la plaza y calle de Balbuena. La cuesta del Palacio hasta la lonja de convento de Trinitarios la ocupaban las atracciones lúdicas. Y el paseo de la Calera, actual Luis Palacios, se reservaba para la exposición de ganados, la conocida como cuerda.

En tal situación se puede entender perfectamente la sugerencia que El Heraldo de Valdepeñas, a través de sus páginas, hizo llegar al alcalde, don Onofre Caminero, en 1909, sugiriéndole la idea de instalar la feria en algún paseo puesto que “ aunque se carece de él bueno sería el que denominan de la Estación”. Tres años tardó en cuajar esta idea. En 1912 se inauguró en el paseo de Estación después de su urbanización y ese año se trasladó la feria de agosto.

A pesar de la evidente aglomeración, la feria en la plaza, según los contemporáneos, ofrecía un aspecto agradable y divertido. El real se adornaba convenientemente para mayor lucimiento de espectáculos. En 1890 en el centro de la plaza se instaló un kiosco para la música, del que partieron cuatro caminos enarenados que terminaban en artísticas puertas de retama y follaje. En 1910 fue el pintor Bonell el encargado de decorar los arcos de entrada a la feria.

Todo el espacio se iluminaba con farolillos a la veneciana que colgaban de balcones y paredes. Por fin en 1892, y como si de una atracción más se tratara se ensayó con la luz eléctrica. El pueblo acudió en masa a ver los efectos luminosos que generaban “dos grades focos arco voltaico y varias lámparas siemens en las fachadas de los edificios” recogía La Mancha Ilustrada. Con tan sencillo gestos quedó inaugurada al luz eléctrica en Valdepeñas.

Pero sin lugar a dudas lo que hacía palpar el ambiente de feria, era la llegada de los feriantes. Personas, a veces familias enteras que procedían de Levante y Andalucía. Poco a poco preparaban sus tiendas con vistosas telas y grandes letreros donde anunciaban su mercancía. Por las calles de las Escuelas, Balbuena, Juan Alcaide y Virgen se repartían puestos de baratijas, guarnicionería, juguetes, lozas, pucheros, frutos secos, especias… No faltaron los turroneros de Alicante. Los fotógrafos ambulantes que con sus forillos hacían a un vecino torero o viajar a lugares lejanos O los famosos artículos de fantasía del Bazar de los Andaluces en la feria de 1890. Plateros con sus ricas joyas y otros mercaderes que desde la mañana a la noche hacían su especial agosto y las delicias de muchas casaderas y niños.

En general el bullicio que generaban las mujeres por el día con sus compras, decía espacio a la parte más lúdica de la feria por la noche. Acudieron durante estos años atracciones de todo tipo: casetas de tiro al blanco, el Pim, Pam, Pum, los columpios de madera y el Tiovivo que se estrenó en 1892. Toda suerte de rifas, tómbolas y ruleteros se esparcían por la cuesta del Palacio. Cuadros disolventes y cinematógrafo público en la calle Ancha de la mano de Mondoyo y su cine Imperial. Un largo etcétera de atracciones menores que la prensa provincial denominaba atracciones del proletariado.

Para la burguesía valdepeñera la feria ofrecía otros espectáculos más atractivos. Destacaban las funciones especiales para la ocasión de los distintos cafés-teatro y casinos de la ciudad. El teatro Principal, el Teatro de Verano, los casinos de la Confianza, la Concordia y Republicano, Teatro de la Viuda de Heras en la calle Principal, el cine Imperial de Prieto y Teatro Princesa, fueron los escenarios donde las zarzuelas, proyecciones de filmes mudos, bailes de salón y actuaciones de las principales figuras artísticas del momento, se repartían en programas elaborados cuidadosamente.

Y para todos y al terminar la corrida de toros se celebraba una gran cabalgata de carruajes y carrozadas engalanadas denominada coso blanco. La calle Ancha se adornaba para el desfile. Cada círculo de recreo instalaba tribunas desde donde poder contemplar el paso de las carrozas. En 1910 se incorporaron las tradicionales batallas de flores con carrozas de jóvenes vestidas de blanco que arrojaban flores y  caramelos al publico espectador. Fueron las primeras damas de honor y su corte para la feria.

Carlos Chaparro Contreras

VENTA DE CÁRDENAS EN 1808: ENTRE LA HISTORIA Y LA LITERATURA

El  corazón y entrañas de Sierra Morena es una maravillosa realidad. Lo ha sido desde, al menos, el III milenio antes de Cristo; lo sigue siendo en la actualidad, cuando estas montañas sobre las que se asienta Venta de Cárdenas atesoran multitud de huellas, ruinas, y misterios de viejas civilizaciones que sobreviven al tiempo; como escribía Cecilio Muñoz Fillol, su gran conocedor: “Todo Despeñaperros es una historia sepultada”.

Desde la prehistoria, la condición mágica de la sierra, de la gran sierra negra como la denominó Cervantes, ha favorecido la religiosidad del hombre que la ha poblado; espiritualidad materializada en las pinturas rupestres de la cueva de Valdeazores, la necrópolis del peñón de la Niebla o los exvotos del Collado de los Jardines.

Al igual que los primitivos, el hombre ilustrado, dentro de la luz y la razón del siglo XVIII, observó la sensibilidad de esta sierra que, como el autor polaco Jan Potocki, consideró crisol de las tres religiones del mundo y sus misterios. Potocki eligió este mágico lugar para ambientar la primera parte de su obra Manuscrito encontrado en Zaragoza, publicada en San Petersburgo entre 1804 y 1805. Estructurada en jornadas y ambientada en el reinado de Felipe V, el protagonista, Alfonso van Worden, es un oficial de la guardia valona que atraviesa Despeñaperros con dirección a Madrid para entrar como capitán del primer rey Borbón. Durante su camino, se topa con misteriosos personajes y surrealistas situaciones: gitanos, princesas moras, ladrones, endemoniados, inquisidores, cabalistas, e incluso, Ahasverus, el judío errante; un cuadro de fantásticos personajes no muy alejados de la imagen que el romanticismo creó como típica de este lugar y de España.

Este mosaico de historias se desenvuelve en lugares conocidos como la Venta Quemada, la posada de los Alcornoques o las orillas del Guadalquivir, todos en Sierra Morena. Pero es, sin lugar a dudas, la llegada de este aguerrido caballero a la corrompida Venta Quemada, el episodio que más misterio, sensualidad y, por qué no, perversión, desprende conforme al lugar: el caballero es seducido por dos bellas princesas musulmanas que aseguran ser sus primas y a las que les rodean personajes estrafalarios: una ventera de mala reputación, un monje ermitaño que predica el besuqueo redentor, un endemoniado y dos bandoleros serranos. Es la manera que tuvo Jan Potocki de confrontar dos modos diferentes de entender la vida terrena: el puritano y opresor de la Europa cristiana y el sensual y abierto de la Arabia musulmana; todo ello envuelto de la atmósfera mágica y romántica de Sierra Morena.

Parte de esta novela fue magistralmente adaptada al teatro por el genial dramaturgo Francisco Nieva, por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática en 1992 y que, diez años después, llevó a los escenarios con música de su hermano Ignacio. Nieva conoció esta obra en París, cuando el dramaturgo se había instalado allí para abrirse camino como artista plástico. En París, tras leer la novela, reconoció lugares familiares como la Venta Quemada o Despeñaperros; pero sobre todo, apreció el ambiente mágico y prerromántico de la obra, ambientada en esta sierra tan cercana a su pueblo, Valdepeñas.

Sierra Morena y en especial su corazón, Despeñaperros, es, por tanto, un bosque sagrado que excita la sensibilidad, imprime sensualidad, provoca ensoñaciones y estimula imágenes. Nos invita a examinar nuestros pensamientos más hondos, como destacó su gran enamorado, Cecilio Muñoz Fillol en su cardiognosis de Despeñaperros.

Pero Jan Potocki, para la ambientación en Sierra Morena de Manuscrito encontrado en Zaragoza, no sólo beberá de su gran sensibilidad romántica y de sus viajes por España durante el reinado de Carlos III, sino que se enriqueció fundamentalmente de la universal obra, del Quijote.  El autor polaco coincide con Cervantes en considerar Sierra Morena, y en especial Despeñaperros, como un espacio mítico, como el hortus conclusus, el santa satorum: un lugar sólo para iniciados a fuerza de sus extrañas rutas, misteriosas cuevas y huellas de antiguos santuarios.

¿En qué otro lugar pudo Cervantes mezclar la realidad y la ficción del de la Triste Figura y Sancho? ¿Dónde mejor se puede ubicar una situación tan surrealista como la que mezcla a pastores cultos y sonetos enamorados, con hallazgos de diarios que hablan del desamor, sino en las entrañas de Sierra Morena?

En algún lugar no definido entre Aldeaquemada y Castellar de Santiago, Cecilio Muñoz Fillol situó la recreación de la trágica historia de Grisóstomo, el joven rico desesperado que se suicidó a causa de Marcela, la cual decidió hacerse pastora para errar por la sierra con su rebaño y vivir en libertad e independencia. Se dice que ella misma, sin ayuda ajena, guardaba su honestidad con tanta vigilancia que ninguno de sus múltiples pretendientes pudo ver satisfecho su deseo amoroso. Durante el entierro de Grisóstomo, el poeta de la canción desesperada, al pie de una alta montaña, es cuando Marcela hace acto de presencia para sostener ante todos, ante los que la llamaban la pastora homicida, que no era suya la responsabilidad por la muerte de Grisóstomo, porque como se declaró, había nacido libre. Todo un alegato feminista en pleno siglo XVII con el que Cervantes expone las ideas erasmistas según las cuales, todo ser humano, hombre o mujer, posee alma y en consecuencia, es libre.

Y es aquí, en las entrañas de Sierra Morena, donde Sancho encuentra la maleta de Cardenio, el enamorado que se consumía penando por su amada Luscinda; y es también, en lo más áspero de la montaña, el lugar que don Quijote eligió para disputar y llorar su desventura por Dulcinea y desde donde envió a Sancho a El Toboso con una carta para su amada dándole cuenta de las consecuencias de no ser correspondido.

Bien es cierto que en el Quijote no hay un espacio geográfico real, sino un espacio poético, literario, irreal. Pero no es menos cierto que su autor, Cervantes, alude continuamente a lugares reales, geográficamente ubicados en nuestra tierra y que fueron trasladados de la realidad al texto. El Quijote es literatura, pero es una ficción con hechos, situaciones, lugares geográficos, recorridos y tiempos objetivables y verificables, como por ejemplo Sierra Morena.

La identificación más probable de Villanueva de los Infantes con el lugar de la Mancha, ha sido posible, entre otras variables, gracias a la previa ubicación real de la Venta de Maritornes, aquella en la que mantearon a Sancho, y que posteriormente se encuentra cuando marchó a El Toboso con la carta de su amo, con la actual zona de Venta de Cárdenas. Esta venta, según el Quijote, se ubicaba en un lugar intrincado de Sierra Morena, entre Almodóvar del Campo y el Viso del Marqués, y en un camino real con dirección a Sevilla. Como ya apuntó en su día Cecilio Muñoz Fillol, y ahora se ha comprobado, el camino real al que alude es el camino del Muradal: antigua calzada romana que desde Linares subía a la Mancha por el puerto del Muradal y que hasta el siglo XVIII, cuando Carlos III hizo la hoz de Despeñaperros, se utilizó como paso entre Andalucía y Castilla. En torno a esta vía existían en el siglo XVI dos ventas muy conocidas, ruinas en la actualidad: la venta Bazana y la venta de la Hiruela, germen ambas de la actual Venta de Cárdenas a partir del siglo XVIII y probable venta donde mantearon a Sancho.

Pero no sólo Sierra Morena y Despeñaperros son el Quijote: el Campo de Calatrava, el Campo de Montiel, el Valle de Alcudia, en definitiva, la Mancha es Miguel de Cervantes, y el Quijote es la Mancha, que tanto monta…. Porque esta tierra, estos caminos y sus ventas, fueron paso de ilustres viajeros, el más famoso, sin lugar a dudas, Miguel de Cervantes. El autor del Quijote, en su recorrido desde Sevilla a Madrid y viceversa, pudo impregnarse del ambiente de la Mancha, de la sierra, y en especial de Despeñaperros; de sus habitantes, de los huéspedes de sus ventas y, en definitiva, de su singularidad que, sin temor a errar, reflejó en su obra cumbre.

Y es que la historia de Despeñaperros, como la de la Mancha, está determinada por su posición geográfica: a caballo entre la Meseta y Andalucía, ha sido paso de diligencias, de ejércitos, de reyes, de santos; pero también de pícaros, delincuentes, bandoleros y perseguidos, que han encontrado en sus crestas refugio para sobrevivir, o para ser libres.

Semejante situación ha configurado al lugar un especial protagonismo en la historia, decisivo en algunos momentos por su peculiar orografía. Hasta el siglo XVIII, que se diseñó la actual hoz de Despeñaperros, la principal vía de comunicación que salvaba Sierra Morena discurría por el valle de Alcudia, camino este llamado de las Ventas o de la Plata. También por Sierra Morena cruzaban otros dos puertos adyacentes al actual Despeñaperros: el puerto del Muradal hasta finales del siglo XVI y el puerto del Rey a partir de esta fecha. Fue por el puerto del Muradal por donde bajó Alfonso VIII a las Navas de la Losa, que no de Tolosa, donde obtuvo la renombrada victoria en julio de 1212. Siglos después,  el paso de Despeñaperros era testigo del tránsito de la fúnebre procesión con el cadáver de la reina Isabel I de Catilla, la Católica, que era traslado desde Medina del Campo hasta Granada para ser enterrado en 1504.

Pero fue, sin lugar a dudas, la cruenta guerra de la Independencia, de la que en 2008 celebramos el segundo centenario de su comienzo, si no el más importante, sí, uno de los  hechos más significativos de la historia de este lugar. Así, entre el 5 y el 6 de junio de 1808 se produjo el cierre del paso de Despeñaperros al general Dupont durante veinte días; hecho este, decisivo para la victoria española en batalla de Bailén.

Los antecedentes se encuentran en la profunda crisis política y económica que desestabilizaba el reinado de Carlos IV y que generó un pesado malestar en la sociedad española, singularmente en las clases populares. El motín de Aranjuez de marzo de 1808, cuyo precedente es la conspiración del Escorial, la caída y prisión de Godoy, la abdicación de Carlos IV y la entronización de Fernando VII, son hechos que desvelan un Estado y una sociedad en crisis. En tanto, los ejércitos franceses, aliados del Gobierno, con la excusa del reparto hispanofrancés de Portugal, cruzaban la frontera y llegaban a Madrid. A la vez que estos sucesos, la población y sus autoridades se enfrentaron al problema de someterse o resistir a las tropas francesas, que proseguían con la ocupación de las ciudades. Por fin, el 21 de abril de 1808 se produce en Toledo el primer enfrentamiento popular con las tropas del general de Dupont. Después vendrán los sucesos del 1 al 3 de mayo en Madrid, el manifiesto del alcalde de Móstoles, y las llamadas a la colaboración con los franceses del Consejo de Castilla y el arzobispo de Toledo, entre otros.

En este contexto, el emperador Napoleón ordenó desde Bayona la salida para Cádiz del general Dupont, apodado el Rayo del Norte, con el objetivo de liberar a la escuadra francesa del almirante Rossilly bloqueada por los ingleses en aquella bahía. Dupont comenzó su marcha hacia Andalucía el día 23 de mayo y, según sus cálculos, el día 17 de junio alcanzarían Cádiz. Del éxito de esta campaña dependía su ascenso a mariscal de campo del Ejército francés: no llegaría. Así, la carretera de Madrid a Andalucía, por la que avanzaban las tropas francesas, se convirtió en un polvorín, donde la población aledaña reaccionó contra las autoridades locales, a las que acusaban de colaboracionismo, constituyendo juntas de gobierno y organizando la resistencia al paso de los regimientos galos.

El alojamiento de las tropas en tránsito y, más aún, el acantonamiento de las fuerzas en numerosas localidades, fue uno de los detonantes del malestar popular en un periodo de carestía de los alimentos de primera necesidad como el pan. El Gobierno emitió órdenes para requisar cuanto necesitaran las tropas francesas para su abastecimiento de los pueblos cercanos al camino de Andalucía.  Por ejemplo, una orden del lugarteniente general del Reino, Murat, dirigida a las autoridades de las poblaciones cercanas a Valdepeñas, obligaba a acudir a esta última ciudad entre los días 27 y 28 de mayo con un surtido de víveres, bagajes, y otros utensilios, para el mantenimiento del regimiento francés; todo, bajo las graves consecuencias de no colaborar. El pueblo de Villahermosa se negó a acudir con los 12 carros y 60 arrobas de patatas que le correspondía, lo que provocó la amonestación del gobernador del Campo de Montiel. Por su parte, la capital de la comarca, Infantes, envió a Valdepeñas 24 camas.

Desde el 28 de mayo hasta primeros de junio, el pueblo de Santa Cruz de Mudela vio pasar las tropas del general Dupont por su calle Real camino de Cádiz. Durante su marcha, las tropas francesas fueron recibidas sin hostilidad, e incluso, abastecidas. Días después, el general francés decide dejar en Santa Cruz un destacamento para custodiar sus reservas de galleta con el objetivo de aligerar su paso por Despeñaperros previsto para el 31 de mayo. Por fin, el 2 de junio alcanzaba Andújar. Esos días se produjo el levantamiento contra los franceses de gran parte de los pueblos de Sierra Morena y sur de la Mancha: el día 4 de junio, Montoro y La Carolina; el día 5, Santa Cruz de Mudela; al día siguiente, Valdepeñas.

El 6 de junio el pueblo de Valdepeñas ya estaba armado y preparado para la lucha: unos partes interceptados anunciaron con antelación que el general Castaños había aislado a Dupont en los “Campos de Bailén” y que en su auxilio aparecerían tropas en Valdepeñas con dirección a Jaén: ese era el momento para atacar. Era la madrugada del día 6 de junio y las tropas general Liger-Belair, en efecto, aparecieron en el cerro de la Aguzadera; a continuación,  el enfrentamiento en  la calle Ancha hasta las 6 de la tarde.

Al mismo tiempo, el paso de Despeñaperros quedó cortado hasta el 26 de junio que fue forzado por la división del general Vedel que, desde Toledo, bajó a reforzar la columna de general Dupont. La defensa de este paso quedó encargada a don Manuel Peñas, coronel del primer Regimiento de Voluntarios de Aragón, pero el coronel se pasó al bando francés y el mando lo tomó un tal Ignacio Gómez, del que poco se sabe. Gómez organizó las tropas a las que  un nutrido grupo de paisanos de la sierra se unió  para la defensa del desfiladero. Destacados en La Peña del Panadero, próximos a Las Correderas, se dispusieron a la espera de las tropas del general Vedel. Por fin, el 26 de junio, apareció el destacamento francés en Despeñaperros, iniciándose inmediatamente un combate que duró aproximadamente dos horas. Las tropas españolas fueron aniquiladas y las bajas, numerosas. Después del enfrentamiento, el desfiladero de Despeñaperros quedó libre al paso de las fuerzas francesas que se dirigían a Bailén; eso sí, esta vez hacia la derrota por el general Castaños entre el 19 y 21 de julio. Fueron, por tanto, veinte días los que Despeñaperros permaneció cortado y defendido por sus habitantes para gloria la historia militar de España.

Pero más allá de la hazaña heroica de sus habitantes en la guerra de la Independencia, de la Reconquista, de la colonización de Carlos III y de la construcción de la línea férrea, Despeñaperros es la historia inmóvil de esta región, que permanece en las cumbres, en los riscos, en la geología, y en el pensamiento.

Despeñaperros es tierra de libertad, donde se recrea la negación del tiempo en las pinturas rupestres, los restos arqueológicos y las evocaciones literarias. Es también la historia sepultada, la historia de lo enterrado, pero también es la historia constante, la historia que no cambia, el tiempo lento del que nos hablaba Fernand Braudel.

En definitiva, la historia y la literatura se confunden en Sierra Morena, en Despeñaperros, para mostrarnos un lugar donde la sensibilidad, el deseo y la necesidad de liberarse se manifiesta en el suicidio de Grisóstomo, el canto a la libertad de la pastora Marcela, la penitencia de don Quijote, la defensa del puerto contra los franceses, la batalla de las Navas, pero también en el refugio de los muchos perseguidos que en ella buscaron cobijo y libertad. Quiera el tiempo que este paso permanezca siempre libre, abierto hacia lo fantástico.

 (c) Carlos Chaparro Contreras